El fragmentado orden geopolítico actual es el hábitat perfecto para Kim, más envalentonado que nunca por el refuerzo de los aliados antiliberales considerados parias por Occidente.
27 de julio, 70 aniversario del final de la Guerra de Corea. Las celebraciones en Seúl son sobrias y austeras, mientras que en Pyongyang se exaltan los desfiles militares con miríadas de soldados, carros de combate e incluso armamento nuclear. En verdad, nada nuevo bajo el lejano sol de oriente.
Sin embargo, este año sí hay un detalle inquietante: Kim Jong Un está sentado junto a dos invitados de honor: el ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu, y el miembro del Politburó chino Li Hongzhong.
El conflicto que ha explosionado recientemente en Oriente Próximo no es una guerra entre Israel y Palestina.
Repetimos para curarnos en salud: el conflicto que ha explosionado recientemente en Oriente Próximo no es una guerra entre Israel y Palestina. Es, en verdad, una guerra entre el estado de Israel y la organización terrorista y yihadista Hamas.
Esta explicación, sonrojante por tener que especificarla a estas alturas, se antoja, no obstante, necesaria para aclarar algunas cuestiones clave. Una de ellas, flagrante, es que no es una guerra al uso entre dos países, sino un conflicto entre un estado legítimo y una organización de asesinos fanáticos. Un estado de derecho de garantías contra criminales sanguinarios que quieren destrozar los cimientos de la convivencia y el respeto social. Nadie discutía esto cuando íbamos por Al Qaeda o Daesh.
La UE nunca se convertirá en la principal responsable de la defensa colectiva occidental, pero puede contribuir más a la defensa territorial en el contexto de la OTAN.
Según datos oficiales de la Junta de Andalucía, durante el periodo comprendido entre enero y julio de 2023, el 12,71% de las exportaciones totales de las empresas de nuestra comunidad corresponden a América (norte, central, Caribe y sur). Respecto al mismo periodo del fantástico año 2022 (récord histórico de exportaciones andaluzas en todo el mundo por valor de 42.958 millones de euros y un crecimiento del 24,3%), el volúmen crece en un 1,35%. Bien es cierto que Norteamérica decae en un -7,41%, pero América Central y Caribe aumenta en un 14,54% y, sobre todo, Sudamérica, en un más que notable 36,88%.
Ahora que las pelis de superhéroes inundan los cines y las plataformas de streaming hasta provocar disnea, no les extrañará la imagen de los típicos supervillanos compinchados. Ya saben, un puñado de malos malísimos que, hartos de recibir siempre estopa por parte de los buenos, se conchaban para tumbar al superhéroe de turno en bases ultra secretas. Normalmente no suelen terminar bien porque, a última hora, los malos tienen sus propios objetivos y los héroes los vencen pertinaz y épicamente en un bucle sin fin pues, ¡qué demonios!, hay que hacer más pelis a mayor gloria de los dividendos del ratón Mickey.
Si se fijan, existe en la industria del ocio un indisimulado patrón a la hora de generar contenidos y estilos basados en las nostalgia del pasado. No sé si existen pruebas pero yo no tengo dudas. Este patrón establece que lo que nos vamos a zampar en moda, pelis, productos, etc. debe recordar a lo que se consumía tres décadas antes con una capita de barniz y el IPC actualizado, claro. Les pongo ejemplos reales. En los 90, lo que molaba eran los hippiosos 60; en los 2000, los sobreestimados 70; la década pasada, nos strangerthingamos para ahogarnos en los 80 con las hombreras, el pelo cardado y la espantosa música electrónica. Y ahora, mientras estos se van retirando, asoman los noventa con el descaro legítimo de quien le toca su turno en el lucrativo rancho de los consumidores nostálgicos.